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Apuré el último trago de güisqui. Acompañando el vaso vacío dejé un billete lo suficientemente generoso para que el camarero se sintiese agradecido y me fui. No quería estar allí, había sido nuestro bar durante muchas noches y el tema que estaba sonando tan sólo acentuaba mi tortura, recordándome mi patética existencia. Como en la canción, sabía que al cruzar la puerta nadie esperaba, la ciudad era mi única amiga. Cuando me dejaste no sólo te llevaste una parte de mí, sino que además me arrancaste mi vida, mis amigos. Mentí. Al cruzar la puerta la fría lluvia me esperaba, amenazante, pero tan sólo te sientes amenazado cuando tienes algo que perder, y yo ya lo había perdido todo. Como tantas otras noches, ejecuté el mismo ritual y vagué sin rumbo ni dirección esperando que la ciudad me llevase al sitio donde realmente deseaba ir. Conocía sus aceras, sus farolas, sus calles, sus rincones, y ella me conocía a mí, mis actos, mis angustias, mis pensamientos. Como siempre, mi única y verdadera amiga, mi ciudad, se solidarizó conmigo llorando juntos, y sus lágrimas acompañaron las mías mezclándose sin pudor en mi rostro desencajado. Aquella noche me guió por todos los lugares en los que en algún momento había sido feliz contigo. Un viaje en el cual no faltó aquel puente bajo el cual charlamos largo y tendido sobre nuestras vidas. Aquella noche nuestro banco estaba siendo usurpado por una pareja que reía, disfrutaban de la vida y se sentían el centro del universo. Lo eran. Allí me senté, los contemplé y dejé viajar mi imaginación, más bien mi corazón, a lugares que tan sólo existían en mis recuerdos. Amanecí en el mismo sitio, calado hasta las entrañas, pero había superado una noche más y el final del túnel estaba cada vez más cerca, o eso esperaba. Una hermosa mañana de invierno, como la calma después de la tempestad, me arrancó una sonrisa. Y la ciudad, mi amiga, también sonrió.
Las pequeñas velas en el suelo se reflejaban en la puerta de cristal creando una línea de cálidos puntitos amarillentos que contrastaban con la blanca nieve que se acumulaba en el exterior. El viento desordenaba los copos que caían, amontonándolos caprichosamente en una esquina del balcón. En el mismo reflejo se podía vislumbrar la figura de un hombre desnudo de mirada perdida, quien sentado en un enmoquetado suelo se abrazaba las rodillas. Allí me encontraba yo, acurrucado en una cálida habitación que sin embargo no era menos inhóspita que el exterior. Acurrucado frente a las velas tarareaba la canción que sonaba en el estéreo con la mirada clavada en mi teléfono móvil. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y por ello me estaba agarrando a un clavo ardiendo. Va de refranes.
La canción era una de las nuestras, llena de memorias, tu rostro, tu sonrisa, nuestra felicidad. Ahora reducida a una esperanza infundada que me apuñalaba, atravesándome el corazón repetidas veces, ensañándose vilmente con mis sentimientos. Apretaba los dientes fuertemente buscando el coraje suficiente para soportar el dolor porque no podía dar por perdida esa esperanza, mi vida, mi deseo, mi ilusión. A medida que avanzaba el disco el dolor se hacía más intenso, sin embargo soportaba estoicamente la tortura respirando profundamente entre canción y canción.
La nieve había cesado, cediéndole el paso a la luz de luna que empalidecía aun más mi cándido cuerpo. El fin de la tormenta trajo la calma en el exterior y el fin de mi batalla lo puso el último tema del disco. Me acosté en el suelo con la clara intención de descansar y tan pronto como apoyé mi cabeza en el suave cojín, liberado, rompí a llorar desconsoladamente. Mis llantos y el zozobrar del viento era lo único que quedaba vivo en aquella noche de invierno. La visión a través de mis llorosos ojos mostraba una única vela encendida, alimentada por una minúscula porción de cera, pero suficiente para hacerla brillar. Allí descansé.
La mañana siguiente el teléfono seguía sin tener ningún mensaje nuevo.
Normalmente la angustia comenzaba cuando el Sol se ocultaba, pero aquella tarde todavía se vislumbraba su figura entre la niebla cuando mi estómago se empezó a encoger. Una sensación que lamentablemente no era extraña para mi ya que era el único pensamiento que se apoderaba de mi mente en aquellos días. Siempre había pensado que era un romántico, un Rimbaud del siglo XXI, pero últimamente estaba descubriendo la fría y cruda realidad de mi persona, la de un ser egoísta y despiadado. Caminando entre la húmeda y pegajosa niebla del verano repasaba una y otra vez mis mentiras, bonitas palabras que enamoraban a bellas damiselas, pero palabras vacías de contenido. Esas palabras se convertían en puñales emponzoñados de amor, ese veneno que mata poco a poco. Ungía el filo de mis afiladas armas meticulosamente, con la escrupulosa paciencia de un asesino a sueldo y las clavaba lentamente en mis víctimas, regocijándome mientras contemplaba su sonrisa bajo la acción de mi poderosa droga. Un juego peligroso cuando careces de antídoto, y aquellos días había perdido la pulcritud de antaño y un pequeño corte canalizaba la dolorosa enfermedad hacia mis entrañas.
Sin embargo, carecer de corazón ayudaba a soportar el dolor, que en vez del típico sentimiento con nombre propio se estaba convirtiendo en un miedo esperpéntico a la soledad. Esa era mi enfermedad, soledad. Recordaba una multitud de escritos como éste, en los que me veía solo, sin un lugar a donde ir, sin nadie que me esperaba eternamente. Demasiadas palabras sobre la perfección del amor de esa princesa vampira que torturaba mi corazón, que al fin y al cabo no dejaban de ser idealizaciones de mi miedo, pero palabras que al fin y al cabo me estaba creyendo, sintiéndome por primera vez protagonista y víctima de mis historias. Trataba de canalizar mi odio y me esforzaba en ponerle un rostro para volcar mi ira, alguien al quien culpar de lo que me estaba pasando, sin embargo, cuando cerraba los ojos y apretaba fuertemente mi mandíbula, la única imagen que era capaz de visualizar era la de mi persona ungiendo veneno.
Para aquel entonces, con una imagen clara del culpable de mi estado, decidí hacerlo sufrir y sentir en primera persona mi crueldad. Resignado, apreté el cuchillo contra mi pecho y lo deslicé con decisión produciendo un profundo corte que quemaba como las mismísimas llamas del infierno. El intenso dolor del amor se aferró fuertemente a un corazón que había dejado de latir tiempo atrás, y las únicas palabras que pude pronunciar entre lágrima y lágrima fueron ¨Dulce castigo¨.
Los nubarrones amenazantes atemorizaban al más bravo de los marinos y el frío viento con sabor a sal se colaba por todas las costuras de mis ropas, sin embargo, ni corto ni perezoso me senté en aquellas rocas contemplando el romper de las olas. No era el día idóneo para pasar al lado del mar, ni tampoco encerrado en un apartamento sin nadie a quien llamar y con tu rostro ocupando el cien por cien de mis pensamientos. Era el día perfecto para sentarse delante de una gran ventana y tener como única ocupación alimentar el fuego de una chimenea, para así mantener el calor de la sala mientras duermes acurrucada en el sofá, envuelta en tu manta preferida. Pero eso quedaba muy lejos de la realidad y en mi mente tan sólo se podría encasillar dentro del capítulo de la ciencia ficción, bueno, o de la dolorosa memoria.
Saqué de mi mochila aquel triste sándwich de jamón y queso. Todavía recuerdo aquellos picnic que organizabas en un abrir y cerrar de ojos, aquellos bocadillos que te inventabas y que siempre contenían un ingrediente especial que los convertía en únicos y deliciosos. Recuerdo mi sonrisa cuando te abrazaba mientras los guardabas en aquellas bolsitas, siempre del tamaño adecuado. Aquella tarde el sándwich venía en uno de los típicos envoltorios de supermercado, con sus calorías, precio y fecha de caducidad. Como la de nuestro amor, que expiró sin avisarme de lo que estaba pasando y sin poder hacer nada para remediarlo. Cobarde. Bastó un mordisco para degustar aquel desagradable sabor industrial, tan repugnante y artificial que ni aquella gaviota se atrevió a probar.
Aquella chimenea, la manta, el sándwich, incluso el escalofrío que recorrió mi cuerpo cuando comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia me recordaban a ti. Estaba atrapado entre mis recuerdos y esperanzas, sin un plan para olvidarte ni recuperarte, confiando mi errático viaje a la bendición del destino. Me levanté respirando profundamente, como una ceremonia de purificación a base de brisa marina, pero cada vez que introducía aire en mis pulmones, cientos de afilados puñales se clavaban en mi pecho. Cogí un puñado de piedras y me puse a lanzarlas, contando los botes que daban en el mar antes de desaparecer. Un, dos, tres… Y como jugando a deshojar una margarita pensé que tres botes podrían significar tu perdón. Un, dos… tras lo cual aquella gran ola emergió de la nada rugiendo maléficamente, engullendo otra de mis esperanzas.
Concurso de microcontos xeral
"Cóntame un conto". Así era como comenzabas moitas das frías mañáns daquel inverno, cando madrugabamos para, simplemente, disfrutar da nosa compaña. A min sempre me viñan á mente historias sen pés nin cabeza, sen principio nin final, a verdade era que improvisar non era o meu e moito menos baixo a presión de ter que agradarche, bueno, máis ben, namorarche. Normalmente divagaba con descripcións vanais tratando de encher con verbas o tempo que precisaba para organizar as miñas ideas. Sen embargo, con máis asiduidade do que me agradaba recurría o meu segundo truco "¿Queres un zumo de laranxa?". O meu corpo espido avanzaba polo pasillo cun sorriso na boca, ledo por gañar tempo, como si a bombilliña do refrixerador fose a iluminar a miña mente con ideas sorprendentes e orixinais. Pero case sempre voltaba de baleiro e máis preocupado polo frío que se apoderaba dos meus peiños.
"¿E ben?" preguntabas ansiosa. Terceiro truco, finxía ter olvidado o conto, sorrías porque mentir non era o meu, así que todavía disimulando as cores que me delataban, lanzábame a describir feitos fantásticos e incoherentes. E de repente, rachando o silencio coma un trono, remataba ó borde do éstase cun "¡Colorín colorado!". "Non me gustou, ademáis eso é un relato e non un conto, pero grazas, quérote". Ainda ruborizado polo meu estrepitoso fracaso coma contacontos convencíame de que conto ou relato era o de menos, o meu obxectivo estaba cumprido, unha mañá máis lograra reterche nos meus brazos. E vivimos felices e comemos perdices.
Un grupo para los amantes de la literatura fantástica, desde Tolkien hasta George R. R. Martin... o lo que se tercie.
Únete á fraternidade do último dragón galego e descubre a triloxía fantástica de Dragal
A Literatura Mínima ou Hiperbreve é a expresión máis vangardista e consistente que na república das letras se está producindo. Contesta os esquemas da tradición literaria que herdamos da "modernidade" á vez que esixe unha reiterpretación, valente e total, do que entendemos por literatura ou como literatura, á vez que obriga a un novo tipo de lectura onde xa non serve o sumatorioa da lectura tradicional. Maniféstase en textos que caben nunha páxina ou menos e que están dotados dunha intensidade semántica desacostumada e libérrima. Na literatura galega poden rastrexarse exemplos de Literatura Mínima xa desde o tempo dos xograis.
Este grupo nace para que os que nos sentimos tocados pola beleza do hiperbreve intercambiemos noticias, experiencias, bibliografía, textos, etc e funcione como vínculo entre nós.
Un exemplo de narrativa hiperbreve:
Hai homes que nacen só para crear sombra. Nunca ven a luz e arrebátenllela aos demais. Como ese Alexandre Magno, que privou a Dióxenes da calor dun atardecer heleno. Eu estaba alí. Alexandre ofreceulle o mundo ao sabio, e este pediulle soamente que se afastase un pouco, que o deixase abandonarse ao quecer dos raios do sol. Unha sensación de perigo penetrou no cerebro do grande estratega: por primeira vez na súa vida soubo que era un parvo. (Lino Braxe, en A cor do ceo)
Para no perdernos nada de esta novela historica que ya tiene muy buena pinta solo con los avances que nos anticipa Fran.
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